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Blog colectivo con escritores sumamente ociosos, tratando temas diversos como Anime, Videojuegos y cualquier cosa que se les ocurra...

Soy Batman, y también Gatúbela

Batman y Gatúbela

Batman AssEl día que capturaron al Chapo, cerré Twitter y Facebook (medios insoportables gracias a la nota, peor que cuando le cortaron la cabeza a Elba Esther), y prendí mi PC. Abrí Steam para jugar mi más reciente obsesión: Batman, Arkham City. Y pensé, mientras miraba los bien definidos glúteos de Batman, que ojalá tuviéramos superhéroes en México. Cambiaríamos esas notas por algo más feliz; vigilantes en spandex y de gadgets millonarios salvaron la ciudad por enésima vez. Nunca sabremos como darle las gracias a los hermosos anónimos que nos acechan desde las sombras y nos vigilan, quizás, con sus lentes nocturnos, teniendo sexo por las calles y olvidando las carteras, como un simbólico pago del bienestar que hacen por este mundo tan necesitado de héroes.

Trofeos RiddlerLa gamificación (o ludificación, los “expertos” aún no se ponen de acuerdo en cómo traducir el terminajo), es la nueva oportunidad para redimir el ocio. Los libros atontaban (¿cuántas veces no hemos caído en la trampa, aún hoy, de burlarse de otro y pedirle que se lea un libro de verdad?) y después, para la salvación de la palabra impresa, llegó el televisor. Que fácil se convirtió en la raíz de todos los males, la caja idiota y el control de masas. La televisión ha sido reemplazada, o bien, asistida por el internet y el mismo asistente nos permite a los que sabemos como, escoger nuestros juegos (así como nuestra televisión: netflix, hulu, torrents), nuestro tiempo de ocio, y al tener dicho control es más fácil defender la decisión de nuestro tiempo de esparcimiento, estos esparcimientos que, aún así lo sean, para la gente de bien, los aburridos, sería más benéfico inventarles que son de provecho y que hacen algo por nosotros.

Estamos llegando a un punto donde todo es un juego, todo son puntos, una colección de medallas y trofeos, es imposible ya burlarse de los boy scouts cuando alguien ha llegado al nivel 115 de Candy Crush y otro puede presumir su achievement por haber jugado 200 horas de Pokémon.

La gamificación, sobre todo en los videojuegos, un campo que domina fuertemente, ha madurado rápidamente en poco tiempo, tan es así que hay fuertes discusiones acerca de si los juegos deberían ser considerados como obras de arte, cuando la gamificación es una ciencia muy simple que separa los juegos en su habilidad para manipular las reacciones del jugador en recolección, dominios y puntajes. Esa fue una de las discusiones más sonadas de Roger Ebert, quien descartaba rápidamente el medio como arte, porque ningún arte debería abusar de un modo tan mezquino al espectador, y es engañoso, y fácil, tanto descartarlo como glorificarlo.

Es fácil pensar que es arte gracias al dispositivo que nos da la ilusión de que tenemos cierto “control” sobre la historia. El artista no sólo consiste en el estudio, un equipo de una gran cantidad de personas, que hace los juegos, sino también en nosotros, que definimos el rumbo, el camino a seguir, los puntos que importan. Podemos ser la mano de Dios en el FIFA, podemos ser Batman y decir: qué fácil sería agarrar al Chapo. Sumergirse, involucrarse, como cuando un libro nos toma por sorpresa.

Riddler Trophies

Batman, Arkham City, es un hermoso ejemplo de esto. Han avanzado mucho los videojuegos, ya no es como en aquellas épocas en que uno manejaba un puñado de pixeles y, como un libro inconcluso, o un programa de radio, uno debía completar la historia a través de la imaginación y de la habilidad. Los pixeles planos se han convertido en modelos tridimensionales vestidos con texturas de alta resolución. Mark Hammil (Luke Skywalker) ofrece su voz al Guasón y, cuando dice una broma estúpida y mordaz, es fácil reírse con él y enojarse con él, mientras tratas de golpear al villano y a diez tipos de su pandilla. Y como eres Batman, los combos deben tener cierta elegancia, disponer de ciertos trucos y atarse a cierto tiempo, tanto así que al final de la sesión del juego, despiertas y crees que, como Neo en Matrix, te han dado una pequeña dosis inmediata de 800 años de Karate, Kenpo, Kung Fu y Tae Kwon Do.

Así de fácil uno puede imaginarse, caer en las redes, de que los videojuegos son arte porque cuando has abandonado la sesión del juego, este aún permanece en los sentidos, así como cuando terminas una carrera en Need for Speed subirse a un coche puede ser peligroso porque las reglas del mundo simulado no aplican a las reglas del mundo real, y debes darte un par de golpecitos en la cabeza para darte cuenta: ya no estoy jugando. Y es precisamente lo que busca el arte, involucrar al espectador de tal modo que su percepción sea otra, sus experiencias cambien, y que la cotidianidad se encuentre matizada, manchada, por aquella experiencia durante años, a veces hasta la muerte.

Batman y Harley Quinn

Arkham City es un juego que exige esa clase de atención: las texturas, la actuación de voz, el mundo alterno de un personaje al que ya reconocemos y, nosotros los fanáticos, tenemos bien definido. La ambientación cubre los tres aspectos básicos y reconocibles del personaje: el humor sórdido de la serie setentera, la exploración madura de los comics (Neal Adams, Jeph Loeb o, quizás, Frank Miller, además de una justa representación en las películas de Tim Burton) y la visión realista de Nolan, quien ha revivido al personaje de un letargo que vivía en la seguridad de su medio natal. Que hayan convertido a Batman en el avatar de un juego de mundo abierto (¿y qué juego no aspira a serlo, hoy en día?) ofrece la posibilidad de que cada jugador construya su propia historia en las calles de Arkham City, una pequeña fracción de Gotham City, la Ciudad Gótica, y la tentación de sumergirse es tan grande que se vuelve imposible dejarla pasar. Al terminar una sesión de juego, además de sentirse el mejor detective del mundo, el amo del disfraz y el maestro de las artes marciales, puedes pasear las calles de la ciudad imaginando que fácil sería aventarle un batarang a un tipo que te mira feo.

Por otra parte, Batman no es el único héroe del juego, también puedes usar a Gatúbela o Catwoman (el otro día, caminando, pensaba eso… que bonita traducción del nombre. En vez de mujergato, Gatúbela. ¿A quién le deberemos ese pedazo de ingenio?). Creo que Gatúbela, la del videojuego, es una feliz representación de su contraparte setentera; coqueta y mordaz, de una sexualidad libre que, en estos tiempos que corren, sería vergonzosa y sexista. Y tiene unos glúteos estéticamente más agradables que los de Batman aunque, debo confesar, los últimos no se quedan atrás. Era divertido empujar ligeramente la palanca para hacerlos caminar como un par de cuerpos perfectos en un lugar condenado, arruinado, oscuro. Glúteos luminosos e iluminadores. El control sobre las bellezas perfectas. Es triste… pero creo que conforme los videojuegos dominen más el panorama y que pronto sean más los jugadores que los espectadores pasivos, cuando intelectualicen los juegos y alguien urja ponerle reglas morales sobre lo que podemos pretender que somos de lo que no, ¿entonces de qué nos disfrazaremos? ¿Cuánto tiempo tomará en qué tengamos un Batman de modos políticamente correctos, una Gatubela pura y santa, una Harley Quinn cuya sexualización en el videojuego no sea tema de debate en ciertas mesas?

Batman y Gatúbela

Sea como sea, y al final, un videojuego perdería su capacidad artística cuando sea regulado para las masas. Cosas (y también esto es triste) que ya no pasan con los libros, o las pinturas, o las fotografías, ya que bien o mal, éstas no demandan tanta atención, ni dominan tanto al público, como lo haría un programa de televisión, una telenovela, o un videojuego. Por eso les invito a jugar mientras puedan, explorar los niveles perdidos, antes de que otros encuentren el peligro en la capacidad de regular nuestros movimientos por una Ciudad Gótica virtual.

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  • Andrés Gtz.
    Excelente nota del Sr. Árbol.
    No había pensado en ese detalle de que hasta el advenimiento de la televisión, los libros también eran considerados medios para comunicar basura a las masas. (Todas esas novelas e historias ficticias a las cuales ahora llamamos obras maestras siempre tuvieron sus detractores)
    Hasta cierto punto, en mi opinión la definición de una obra intelectual como ‘arte’ es una posición muy personal. Para un ejemplo práctico y con más facilidad de ver el contraste, tenemos esos grafitis en las calles. Existe un gran público más bien conservador que los consideran una mancha horrible dentro del entorno urbano, dañando tanto al edificio pintado, como a los que se encuentran en las inmediaciones. Mientras tanto, hay otras personas que podemos detenernos a observar la creación, dependiendo de qué tanto estemos convencidos por la técnica y el estilo del creador.
    Para mí, no es necesario aplicar una etiqueta de ‘Arte’ a lo que apreciamos. Sólo hay que apreciarlo y compartirlo con las personas que creamos que también pueden apreciarlo, aunque a veces podamos estar equivocados.
    Los comentarios negativos hacia nuestros gustos e intereses siempre estarán presentes, pero tenemos que darnos cuenta de que en este aspecto es nuestra opinión la que importa y la ajena sólo nos sirve para ver en qué punto nos encontramos dentro de la sociedad, una sociedad que nos margina o que nos acepta, da igual.
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